6. Novells
dilluns, 23 de abril de 2007 | Comentaris
TERRA INCÓGNITA
Acababan de empezar el tercer juego del primer set, cuando Arturo vio el caracol por primera vez. Le tocaba servir a su padre y Arturo se acercó más a la red para presionar así el resto de los hermanos García-Muñoz en el rectángulo izquierdo de la zona de saque, tal como le había gritado que hiciera su padre. Al girar la cabeza y mirar de reojo para ver cuándo serviría, Arturo pudo ver en el suelo, a su derecha, algo que le llamó poderosamente la atención, un rastro húmedo que iba cruzando la pista paralelo a la red. Arturo reparó enseguida en que un caracol iba dejando tras de sí una línea de sombra algo más brillante que el asfalto verde de la pista y que, al cabo de unos instantes, la huella se secaba sin llegar a desaparecer.
Tal vez el caracol, empujado por el instinto de explorar nuevos territorios, se habría encaramado al borde rugoso del asfalto de la pista todavía de noche, cuando salió de su refugio entre la hierba aún empapada por la lluvia de la tarde. Aquella enorme superficie rectangular de color verde que se interponía en su camino era un territorio absolutamente desconocido para el caracol. Seguramente, nunca antes habría llegado hasta el límite de la tierra que bordeaba su guarida. Arturo se acordó de que no hacía mucho, en la clase de historia, el profesor les había explicado que durante la época de Cristóbal Colón los territorios aún inexplorados se conocían con el nombre de “terra incógnita”. Si se proponía atravesar la inmensidad desconocida de la pista de tenis, el caracol iba a tardar muchas horas en conseguirlo. Le atraían su tenacidad y su curiosidad inagotables. Le dio la impresión de que el caracol lo estaba intentando con todo su empeño...
Cada sábado por la mañana, si el tiempo no lo impedía, Arturo y su padre quedaban con otra pareja para jugar un partido de dobles. Al principio, cuando todavía era un niño y empezó a jugar a tenis, Arturo se divertía. Pero, últimamente, había comenzado a cansarse de aquella rutina de los sábados, sobre todo desde que se habían apuntado al campeonato de dobles El hecho de jugar siempre con la intención de ganar había podrido su gusto por el juego. Su padre era un enfermo de la competitividad, quería ganar obsesivamente y no le importaba qué hacer para conseguirlo. Ya se lo había demostrado cuando Arturo había jugado los torneos infantiles del club. Desde el borde de la pista, su padre le decía lo que tenía que hacer, le gritaba constantemente dándole ánimos o recriminándole los errores. Todos aquellos gritos ya no le servían para nada. Ahora la presencia de su padre ya no le transmitía amparo ni seguridad, sino que se había convertido en algo enojoso. Algo había cambiado en su mente que le separaba irremediablemente de su padre.
Pero no era únicamente el tenis lo que agobiaba a Arturo. Era también el resto de su vida lo que se había convertido en una carga, en un territorio desconocido e inquietante. La obsesión de su padre por ganar y ser el mejor iba más allá de la pista de tenis. Todo se había precipitado aquel verano, después de terminar el colegio, justo antes de empezar a ir al instituto, cuando su padre le dijo que quería hablar con él de hombre a hombre.
- Quiero hacer de ti alguien de provecho y prepararte para la vida. No es suficiente con aplicarse en los estudios y sacar buenas notas, hay que añadir a todo eso una actitud firme, casi despiadada. Hay que tener siempre un par de huevos para ir por el mundo.
- Sí, papá.
- La vida es en realidad una selva, donde la única ley válida es ser el más fuerte y sobrevivir a cualquier precio. Estás en una edad muy jodida, Arturo, y muy peligrosa. Vas a tener que esforzarte al máximo.
- Sí, papá.
- Antes de que te pisen, pisa tú primero, Arturo. Métete esto bien metido en la cabeza.
Pero entonces, como Arturo acababa de cumplir quince años - la edad mínima para participar en los torneos abiertos del club -, su padre le había apuntado en el trofeo de dobles para adultos. Ahora iba a tener a su padre dentro de la pista, iba a tener que jugar con él e iba a tener que esforzarse en ganar también para él. Arturo ya no se consideraba un niño y le fastidiaba que su padre siempre estuviera agobiándole con su obsesión por ganar. Ese celo por conseguir la victoria a toda costa llegaba a extremos que Arturo consideraba ridículos, casi mezquinos, y que le hacían sentir abochornado ante sus rivales. Arturo solía encontrar refugio mirando el asfalto verde de la pista sin ni siquiera intervenir. Se abstraía muchas veces del juego por ese motivo, aunque era contraproducente porque su padre aún se ponía más pesado y le gritaba que se concentrara en el partido constantemente.
Pero ya habían alcanzado las semifinales del torneo y si vencían aquella mañana a los hermanos García-Muñoz tendrían medalla segura.
- Les vamos a ganar por cojones, ya verás -le había dicho su padre a Arturo cuando salieron de casa-. No te quepa la menor duda de eso. No tenemos ni para empezar. Son pan comido.
Arturo no solía contestar a su padre. A lo sumo, le contestaba con un desganado “Vale, vale”, para luego quedarse cabizbajo, fingiendo que estaba concentrándose en el juego. En realidad, lo que deseaba era que los partidos durasen poco, lo mínimo posible. Por eso, intentaba jugar lo mejor que podía, para ganarlos deprisa y no tener que oír más a su padre.
- Este partido es el momento de la verdad porque tenemos ante nosotros un auténtico desafío - añadió su padre-. Nos enfrentamos a los campeones del año pasado. Es la oportunidad de demostrar que somos los mejores.
Todo el rato en el coche, durante el trayecto hasta el club de tenis, su padre le había estado hablando de la pareja rival, de que en el fondo eran mejores que ellos y que por eso había que ganarles como fuera.
- Hemos de explotar sus puntos débiles buscando el revés bien cortado al fondo de la pista, para que la pelota apenas bote y se la coman con patatas, o bien, cuando estén en la red, les enviamos globos constantemente para que no puedan volear.
El agobio de Arturo había seguido creciendo en el vestuario, mientras se cambiaban de ropa. Su padre había blandido la raqueta como si espantara unas moscas invisibles y había gritado que sus rivales se iban a enterar de lo que era jugar al tenis. Arturo se sintió avergonzado porque temió que todo el mundo en el vestuario habría oído los gritos de su padre, y giró la cabeza para ver si había alguien que les estuviera mirando.
- Ya verás, nos los vamos a follar en dos sets. Hemos de ser agresivos, Arturo, ir a por todas. Como si en cada golpe te fuera la vida, ¿me entiendes? Vamos a ganar los puntos a muerte.
Cuando Arturo y su padre entraron en la pista, el caracol ya llevaba muchas horas cruzando su superficie rugosa. Arturo, durante el peloteo de calentamiento, estaba nervioso. Sabía que iba a tener que jugar muy bien para lograr el triunfo. Los hermanos García-Muñoz eran además unos rivales temibles. Pero también sabía que no era suficiente con jugar bien, que lo único que le importaba a su padre era ganar. Aquel deseo de victoria lo sentía como una imposición dictatorial, un fastidio del que no podía escapar. Pero al descubrir la presencia de aquel caracol atravesando la pista al poco de empezar el primer set, se había resquebrajado su concentración en el partido. Entre punto y punto, y sobre todo durante los tiempos muertos entre los juegos, no cesaba de mirar con curiosidad el avance del caracol.
- Venga, Arturo, espabílate de una vez, que pareces ido.
…El caracol se había percatado de que en el territorio que estaba cruzando algunas presencias humanas habían aparecido de repente y su instinto le dijo que podían no ser necesariamente hostiles. Podía sentir las vibraciones del suelo producidas por las evoluciones de los hombres, pero él se sentía relativamente seguro cerca de la pared de cuerda negra que dividía en dos el territorio. Lo que más le preocupaba eran unas esferas peludas y amarillas, impulsadas a gran velocidad por los hombres gracias a un artilugio metálico que aferraban con una de sus manos, que sobrevolaban sus ojos constantemente y que otras veces llegaban rodando por el suelo cerca de él o impactaban violentamente en la red. Si alguna de aquellas esferas le golpeaba, aunque fuera en su concha, tendría problemas. Sus ojos aún no podían vislumbrar el borde opuesto del territorio que había empezado a cruzar cuando todavía era de noche. Procuró acelerar el ritmo de sus contracciones musculares y segregar más moco viscoso para aumentar su velocidad…
Al acabar el primer set, Arturo pensó si el caracol sería capaz de cruzar sin sufrir daño la pista de tenis. Aún le quedaba más de la mitad del recorrido y ahora estaban ellos corriendo y peloteando a su alrededor. Incluso, podrían aplastarlo sin querer o darle un pelotazo. Durante un buen rato, Arturo estuvo pensando en cogerlo y depositarlo en la hierba al borde de la pista. No sabía qué hacer y se preguntaba si sería mejor olvidarse del caracol o ayudarlo a terminar con aquella travesía. De algún modo, aquella interferencia suya en el trayecto del caracol le acabó pareciendo inadecuada porque le recordó la presencia de su padre atosigándole continuamente.
- Vamos, Arturo, vamos. Ya son nuestros.
A pesar de que habían ganado el primer set con claridad, Arturo había ido distrayéndose cada vez más y jugando peor porque no paraba de mirar al caracol. Su padre se había acabado dando cuenta de la actitud ausente de Arturo. Sin saber por qué a Arturo le llamaba poderosamente la atención la presencia en la pista del caracol. Observaba con gusto el camino del caracol, como si mirarlo le transmitiera tranquilidad, como si fuera un contrapeso al agobio que le causaba su padre y la tensión del partido. El caracol había avanzando lentamente mientras que su padre se había ido enfadando a medida que el partido se iba torciendo. Discutía todas las pelotas dudosas, intentaba distraer a sus rivales cuando iban a servir dando pequeños saltitos y, cuando ganaban un punto, gritaba exageradamente. Pero, a pesar de todo, habían perdido el segundo set y en el tercero, aunque estaba muy igualado, habían llegado al final con una ligera desventaja. Si sus rivales ganaban ese juego, pasarían a las semifinales y su padre se iba a enfadar muchísimo.
El momento decisivo había llegado. Los García-Muñoz servían ya para ganar el partido. Arturo intentó concentrarse en el resto pero el caracol para entonces ya había entrado en el cuadro izquierdo de saque.
- Concéntrate de una puñetera vez, que aún podemos ganar. Espabila, Arturo, no me jodas en el último momento.
El primer servicio se estrelló en la red. Arturo dio un paso adelante y se preparó para restar el segundo saque. Sus ojos volvieron a escaparse hacia donde estaba el caracol. Todo debería estar pasando entonces muy deprisa, aunque Arturo en cambio tenía la sensación de que sucedía muy lentamente y de que era capaz de controlarlo. El segundo saque entró en el cuadro de recepción y la pelota botó frente a Arturo. Entonces recordó lo que le había dicho su padre en el vestuario sobre la agresividad. Arturo golpeó la pelota de revés con todas sus fuerzas, como si le fuera la vida en aquel punto. Se iba a comportar como un hombre, porque ganar o perder dependía únicamente de un golpe ejecutado con un par de huevos.
Aunque la pelota superó limpiamente a su rival en la red, fue a botar unos centímetros fuera de la línea. Los García-Muñoz gritaron al unísono “out” mientras corrían a abrazarse. Habían ganado. Su padre tiró la raqueta al suelo con rabia y se marchó hacia la red para darles la mano a los rivales sin ni siquiera mirar a Arturo. Cuando los García-Muñoz ya se encaminaban a la puerta para salir de la pista, su padre se giró hacia Arturo y, con la voz cargada de enfado y de sorna, le gritó:
- A ver si ahora dejas ya de mirar al jodido caracol de una puta vez y estás por lo que tienes que estar.
Entonces dejó caer la zapatilla sobre la pista con una violencia brutal, absurda. La línea húmeda que iba dejando tras de sí el caracol quedó interrumpida de repente bajo la zapatilla de tenis del padre de Arturo. Cuando la levantó del suelo, el caracol había quedado convertido en una masa informe y viscosa hecha de sí mismo.
Blas Gallego