Teléfono de la esperanza ¿dígame?

- Por favor dígame su nombre, edad y el porqué de su llamada. - Me llamo Ana, 40 y un amigo me dijo que me podrían ayudar ¿sabe? - Muy bien Ana, la escucho. - Es la primera vez que llamo a un sitio de estos y no sé que decir. - No se preocupe lo esta haciendo muy bien. Usted solo siga hablando. - Bien, bueno… mi hija…no, no… quiere que la llame más. No quiere hablar conmigo. Yo solo….solo quiero saber como está. Si me perdonó… pero, ¡Dios creo que he vuelto a meter la pata!, no debí llamar. Lo siento. - Ana, ¡no cuelgue!, sé que debe sentirse sola, pero no lo está. Créame. Siga hablando. Yo también tengo una hija y sé lo duro que es. - Seguro que usted no la abandonó cuando era pequeña…no, usted debe ser una buena madre y yo… yo solo le hice daño a mi pequeña. - Por favor Ana, tranquilícese. Mire, yo también tuve las mías con mi hija, no se crea. Relájese. Respire hondo y cuénteme que pasó. - La abandoné cuando tenía 5 añitos. La tuve muy joven. A los 16, me enrollé con un chico una noche después de salir de la discoteca. Cuando mis padres se enteraron de que estaba embarazada, se pusieron furiosos. Y mi “novio”… cuando le dije que era suyo se rió y me llamó puta. Mi padre quiso que nos casáramos, pero él era el hijo del alcalde y no le pudo obligar. Me sacaron del colegio y me metieron a trabajar en un bar de carretera. Sin estudios, era lo único que había. ¡Dios!….¡como se te puede joder la vida con 16!. - Ana, siga, no se pare ahora. - Odié ese asqueroso bar desde el primer día. Horas y horas en la barra, en la cocina, sirviendo las mesas… Me acuerdo que me dolía mucho la espalda y los brazos me pesaban. Las ojeras me llegaban al suelo. Solo tenía fiesta el domingo por la tarde y entonces tampoco era libre porque tenía que ayudar en casa. Yo quería volver a salir con mis amigas, divertirme un poco, despreocuparme. Yo ya no sabía quien era, me miraba en el espejo y apenas me reconocía. Ni siquiera podía darme el capricho de ir a comprar ropa o música. Mi sueldo lo cobraba mi padre. A mí me daban algo cada semana y eso era todo. Tan solo descansé dos meses después de tener la niña, y fue más por las complicaciones del post parto que otra cosa.- ¿Que sentía respecto a su hija? - Desde luego, no me sentía como una madre. Veía su cuna y me acuerdo que pensaba. “No, no puede ser mía”. Me imaginaba que solo la estaba cuidando un rato y que después vendría su madre y se la llevaría. Me veía atrapada. - ¿Fue ahí cuando la abandonó? - No...sí…bueno, fue todo a la vez. En ese tiempo conocí a un hombre, uno de los muchos camioneros que se detenían a comer. Juan, se llamaba. Era muy guapo, amable… y siempre me dejaba propinas. Cada 15 días lo veía aparecer por la puerta con su pelo despeinado, su camiseta de leñador y esos andares de hombretón. No se parecía en nada al niñato con quien me lié. Este era un hombre y yo sabía que le gustaba. Un día acabamos enrollados en un pequeño cobertizo que había detrás del bar. Terminamos haciéndolo cada vez que venía. Por unos momentos lo olvidaba todo y me sentía bien. Mi jefe lo miraba con malos ojos y yo sabía que antes o después se lo diría a mi padre. Juan también se dio cuenta de que esto no duraría mucho más y me propuso irme con él, pero sin la niña. No quería cargar con una cría. El tenía un piso en las afueras de Madrid, allí nos instalaríamos y estaríamos bien. El trabajaría y yo me ocuparía de la casa. - ¿Entonces se fue con él? - Sí, era como si me hubieran abierto una puerta. Me acuerdo que la última noche que pase con mi hija no pude dormir. Yo sabía que mis padres la cuidarían y yo sentía como si se me diera una segunda oportunidad. Aun así fue muy duro. No me despedí de nadie, me fui al amanecer con una mochila al hombro y sin mirar atrás. Juan me esperaba a la salida del pueblo. - ¿Qué pasó después? - Al principio fue bien, solo tenía que cuidar de la casa y me sobraba mucho tiempo. Me gustaba sentarme en el sofá después de comer y poner la tele. Él estaba en casa todo el tiempo que le dejaba su trabajo, esos días se nos iban las horas en la cama. Me empecé a sentir mejor, incluso engordé unos cuantos kilos. Juan me trató muy bien, aunque tenía sus defectos era un buen hombre. Me animó a que volviera a estudiar, siempre me gustaron los animales y un día se lo dije. A la mañana siguiente me trajo folletos sobre estudios de veterinaria. Me puse a ello y con el tiempo me saqué mi título de auxiliar. Poco a poco me fui sintiendo más fuerte y con más confianza en mi misma. Pero era demasiado bueno para que durara. Un día apareció en la puerta una mujer. Era la esposa de Juan. No me lo podía creer, ¡en estos años yo había sido su querida, mientras él tenía mujer e hijos¡ Nos sentamos las dos en el salón mientras lo esperábamos. Hablamos, más bien ella me insultaba y yo la escuchaba incrédula. Ahora comprendía el porqué no estaba nunca en casa en navidad. Me decía que le pagaban horas extras por ser esas fechas y yo me lo tragaba. Y esas llamadas del móvil que contestaba encerrado en la habitación. Creía que tenía problemas y no me lo quería decir para que no me preocupara. ¿Cómo me podía haber echo esto? Cuando el volvió y nos vio juntas, agachó la cabeza. Cabrón…hice la maleta y me fui. - ¿A dónde? - Pues no lo sabía, solo sentía que tenía que escapar. Otra vez esa sensación atenazándome el estomago. Pero esta vez tenía algo de dinero y un título. Cogí el primer tren que me alejara de allí y llegue a esta ciudad. Al principio solo encontré trabajo de limpiadora pero con el tiempo, tuve suerte y encontré uno de ayudante de veterinaria. Pude alquilar un piso con una bonita vista al parque. Era la primera vez en mi vida que estaba sola. No quería a nadie a mi lado. Si tenía ganas de acostarme con alguien, solo tenia que ir a tomar unas copas, eso si, tomaba mis precauciones. Por la noche o no soñaba o tenía pesadillas en las que veía a mi hija. - ¿Se sentía culpable por haberla dejado? - No lo sé muy bien…pero sí, supongo que sí. Cuando vivía con Juan llamé varias veces a mis padres para decirles que estaba bien y que me dijeran como estaba la niña. Pero solo había recriminaciones, ni siquiera me quisieron mandar una foto. Ahora como tenía algo de dinero, todos los meses les mandaba una carta con un giro. Aceptaban el dinero, pero nada más. Nunca hubo respuesta… Lo siento, creo que ya llevo mucho tiempo hablando ¿verdad?. - Ana, no se preocupe y dígame que pasó luego. - Pues una noche sonó el teléfono. Era mi tío para decirme que mi padre había muerto y que el funeral sería pasado mañana. Entonces supe que debía volver. El autobús me dejó en la entrada del pueblo, parecía como si todo fuera igual. Habían pasado 10 años desde que me fui, pero era como si fuera ayer. ¡Dios! con 21 me fui y con 31 regresaba, pero ya no era la misma. Era más fuerte y con más experiencia. No fui a la casa de mis padres, me hospedé en el hotel. A la mañana siguiente, bien temprano, me fui a ver a mi madre y a mi hija. Estaba muy nerviosa, pero no dejé que nadie lo notara. La puerta estaba abierta y la casa llena de familiares y amigos. Cuando entré mi madre me miró y no dijo nada. Me ignoró. Igual que los demás. Así que me senté lo más cerca posible de ella y esperé., me miraban y cuchicheaban pero nadie me dirigió la palabra. Parecía toda tan irreal. Aunque yo solo veía a la muchacha que estaba cogiendo la mano a mi madre, tenía mi mismo color de pelo y unos ojos grandes. Recuerdo que pensé que pronto cumpliría los 16 y estaba echa toda una belleza. La que no fui yo, por cierto. Me hubiera gustado acercarme y hablar con ella. Pero no tuve el valor. Yo sentí que me había reconocido y que me miraba con curiosidad, pero mi madre no se separó de ella ni un instante, ni en casa, ni de camino a la iglesia y pasó lo mismo en el cementerio. - ¿Qué sintió por la muerte de su padre? - Pues al principio dolor por el pasado, luego tristeza, pena y cuando lo estaban enterrando… frío. Mucho frío. Miré a mí alrededor. No vi a nadie que llorara por mi padre, ni mi madre. A su lado, mi hija la sostenía, o más bien, se sostenían la una a la otra. Me fije en ella, estaba cambiada, el pelo blanco, la espalda encorvada, con arrugas, parecía mas vieja de lo que en verdad era. Su mirada era…no sabría como explicarlo. Tantos años cuidando a ese bastardo de marido que le tocó en suerte puede hacer mucho daño. Al terminar el sepelio, estaba decidida a hablar con ella. Me acerqué y antes de que pudiera hablar me dijo. “Acabo de enterrar media vida y tu te llevaste la otra media”. Y se fueron. Me quedé allí clavada, sin poder reaccionar. Algo muy negro me envolvió el alma. Solo vi oscuridad. Lentamente empecé a caminar. Quería huir. Llegué al hotel y me fui directa a la ducha. Me restregué muy fuerte con el jabón por todo el cuerpo, varias veces. Suciedad, solo veía suciedad en mí. Empecé a llorar y lloré hasta que sonó el teléfono. Descolgué el aparato. “¿Eres Ana?, soy…” empezó a decir una voz indecisa. Enseguida me di cuenta de que era mi hija. “sí, lo sé Maria, mi hija” le dije. Oí como cambiaba su respiración y se volvía mas agitada. “Quiero que te vayas lo antes posible, nadie te quiere aquí” dijo, “pero tengo que hablar contigo, déjame…”, repliqué pero no pude terminar la frase, me colgó. Lentamente volví a colocar el aparato en su sitio y ahí es cuando creo que todo empezó a dar vueltas. Estaba fuera de mí, me vestí rápidamente y me fui a la cafetería del hotel. Me pedí un cubata y luego otro y así sucesivamente hasta que una especie de sopor y felicidad acudieron en mi auxilio. Lo veía todo lejos y sin importancia. No me acuerdo como llegué a mi habitación, solo sé que al día siguiente me desperté cuando llamaron a la puerta. Me sentía fatal por la resaca y me costó mucho levantarme. Tras la puerta me encontré a un muchacho del hotel. Me decía que me habían dejado un paquete en recepción. Fui a buscarlo y vi que no era muy grande. Se parecía a una caja de zapatos. Pregunte quien lo había dejado, porque no había tarjeta ni nada. Por las indicaciones reconocí a mi hija. Eso me sorprendió, volví a la habitación y lo abrí. Eran cartas, las cartas que yo había enviado estos años, estaban sin abrir. Me quedé asombrada y perpleja. Tenía en mis manos su rechazo hacia mí. - Lo siento mucho, Ana. - Sí, yo también. - Lo siguiente que hice fue hacer la maleta y huir. Ya era una constante en mi vida. - En la parada del autobús me esperaba mi tía, me sorprendió. La recordaba como una persona amable y cariñosa. Al verme, fue hacia mí y me abrazó. Me puse a llorar. Luego, nos sentamos y hablamos. Me fue contando cosas de mi familia desde que yo me fui. Ella siempre estuvo en contra de cómo educaron a mi hija para que me odiara. Tuvo más de una pelea por ello. Me dijo que todos estos años me echó de menos. Cuando llegó el autobús las dos nos abrazamos y me prometió que estaríamos en contacto. Sentada en mi asiento agradecí el consuelo que esa mujer me proporcionó. Estaba mas tranquila pero sentía por dentro un montón de emociones. Esos dos días fueron horribles. Al llegar a la ciudad trate que la rutina me hiciera olvidar. No quería pensar y mucho menos sentir. Durante el día tenia la cabeza ocupada, pero luego volvía a casa … Una casa vacía y en silencio. Era demasiado para mi. Cerraba de nuevo la puerta y me iba al bar de abajo y pedía una copa. Quería estar rodeada de gente, que el ruido y el alcohol silenciaran mis pensamientos. Cuando no tenía más remedio que volver a casa, encendía el TV y la radio, pero no servia de nada. Por la noche, al acostarme, apenas dormía unas horas. Me empezaron a dar ataques de ansiedad. Fui al medico y me recetaron tranquilizantes. Mi trabajo empezó a resentirse y tuve quejas. Aunque había días buenos, en los que recibía la llamada de mi tía. Poco a poco, fuimos cogiendo confianza y se convirtió en mi confidente. Yo le contaba mi vida aquí en la ciudad, mi insomnio y mis visitas al médico. Me aconsejó que fuera al psicólogo. Yo nunca creí en ellos, pero ella me recomendó a uno que conocía. Al principio no estaba muy segura, pero sabía que necesitaba una salida. No podía seguir así. El psicólogo resultó ser un hombre maduro, con el pelo salpicado de canas. Su voz era suave y agradable. No era de aquí, argentino me dijo. Me gustaba su mirada, era tranquila pero a la vez con fuerza. “No hay diván” me dijo. Yo me sonrojé porque la verdad eso era lo que esperaba. Empezó a preguntarme cosas sin importancia como edad, nombre, dirección y escribió los datos en una ficha. Mientras tanto me iba fijando en esa habitación. Muchos libros, títulos, fotos…, “Mi hobby es hacer fotos, - me dijo- me apasiona capturar imágenes, momentos… cualquier cosa rara que vea. ¿Y usted que hobby tiene?” Era una manera inteligente de romper el hielo y que empezara a hablar sin sentirme nerviosa. Así que respiré hondo y le fui contestando a cada pregunta. Fue curioso, me sentí mejor. Me dio cita para el sábado siguiente, pero a lo largo de la semana decidí no volver, aunque se había portado muy bien, no terminaba de verlo claro. Cuando iba a llamar para anular la cita, sonó el teléfono. Era mi tía diciéndome que iba a ser abuela. Me tuve que sentar de la impresión, yo…abuela. Mi tía me dijo que mi hija ya tenía novio, un chico mayor que ella. Trabajador y buena persona y que se casarían para el verano. Me dijo que no me preocupara que era un buen hombre y que ella estaría en buenas manos. Cuando colgué, empecé a dar vueltas por la casa sin saber que hacer. Aire, necesitaba respirar. Así que me fui a la calle y anduve sin dirección, no sé cuanto tiempo y de pronto me vi delante de la consulta del psicólogo. Sin darme cuenta, mis pasos me habían dirigido hasta allí. Subí y llamé a la puerta, hoy no era el día de mi cita y no estaba segura de que estuviera. Pero necesitaba hablar, desahogarme. Me empezaba a dar otro ataque de ansiedad, creí que me iba a desmayar cuando él abrió la puerta. Me sujetó y me llevó hasta la salita. Me sentó y se quedó conmigo sujetándome la mano. Al cabo de un rato, se acercó al armarito que tenía en frente y sacó algo. Me lo puso en la mano y me sonrió. “Aquí tiene, un regalo”. Era un osito de chocolate, no sabia si reírme o llorar. Hacía mucho que nadie me regalaba nada. Y se lo dije. Esa tarde fue muy importante para mí. Hablamos durante horas y lo más curioso fue que no me sentí como una paciente, fue como si hablara con un buen amigo. Era como si hubiera vomitado algo que llevaba tiempo haciéndome daño. Me sentí un poco más libre. Y así fue como empecé a ir a su consulta, aunque ya había dado el primer paso, todavía me quedaba mucha terapia. Es el primer hombre en quien confío después de muchos años ¿sabes? - Me alegro mucho por usted ¿pero, porqué nos llama si ya está recibiendo ayuda? - Porque cariño, yo no me llamo Ana, sino Carmen y soy tu madre. Sabía que trabajabas aquí por mi tía y como tú no…. - ¡Dios!, pero…pero…¡como te atreves¡ - Lo siento, esta era la única forma que me has dejado. Ni lees mis cartas, ni contestas a mis llamadas ¿Qué podía hacer?... Cariño, no llores, por favor. - No sé que decirte... - No tienes que decir nada. Yo solo quería que supieras mi versión. El porqué lo hice y todo lo que me he arrepentido ¿Podrás perdonarme algún día? - No lo sé. Ahora mismo no puedo pensar…Cuando estabas contando tu vida. Creo que una parte de mí sabía que eras tú y quería escucharte, pero ahora… - Tranquila, déjame ir a verte. Quedemos en algún lado. - No lo sé, mira voy a colgar. - Piénsalo, por lo menos. - Está bien. ¿donde quieres que nos veamos? Marina Garcia


comentaris
3 - ERIK ZAHORÍ;
5 de maig de 2008, 18.54 h
Estructura cósmica,
llevada al limbo.

Odiando en todo momento el tema antecesor de Daniela acerada.....
Me quito el sombrero descubriendo mi calva.

Me transformo en un pick poket, tahúr o badulaque para criticar honestamente
tan loable relato yellow-pink con lunares de fantasía atragantada.

Sinceramente jamás me hubiera o hubiese imaginado que tal fechoría narrativa,
pudiera llegar a tener, no elegancia si no ser una belleza envuelta en lino y seda flotando sobre alfombras per... Llegir més

2 - Sarah;
23 d'agost de 2007, 19.05 h
Me ha impresionado. Es perfecto en todos los sentidos. Breve, pero muy bien aprovechado.

Simplemente genial.

1 - Elena Moreno;
12 de juliol de 2007, 17.30 h
ESTE CUENTO ME HA ENCANTADO POR SU LINEA ARGUMENTAL TAN BIEN LLEVADA, Y POR SU SORPRENDENTE FINAL, DIFICIL DE OLVIDAR.

CON UN ESTILO AGIL Y ELEGANTE, NO SE RECREA EN LA DUREZA DEL TEMA, ALGO POCO FRECUENTE EN EL AMBIENTE LITERARIO ACTUAL.



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