Matarraña Literario
dimecres, 2 de abril de 2008 | Comentaris
Durante tres intensas jornadas, el escritor
Jesús Ávila Granados ha estado recorriendo de nuevo nuestra comarca. Pero en esta ocasión los motivos han sido todavía más sorprendentes. A modo de cicerone de lujo, ha acompañado a un equipo de grandes profesionales de la imagen, el periodismo y el sonido, para grabar un programa de
“Cuarto Milenio”, bajo el título:
“Las cárceles del terror del Matarraña”, que se emitirá en breve, con una audiencia que superará los 4 millones de telespectadores.
Jesús Ávila en su estancia en la Libreria Serret de Valderrobres (que acabó con todas las existencias que tenia preparadas su gran amigo y propietario de la libreria, Octavio Serret) donde sus seguidores pudieron disfrutar de sus libros y su gran amabilidad.

Tomando como punto de encuentro y partida la villa de Valderrobres, el periplo se ha desarrollado a través de las siguientes poblaciones: Mazaleón, Fuentespalda, Peñarroya de Tastavins, Ráfales y la Fresneda. En todos estos pueblos, como sabemos, hay unos lugares de arresto, presidio y condena que sobrepasan los límites de la resistencia humana; en cuyos antros, que debieron de haber sido espacios infernales para quien allí fue recluido, las cámaras y todos los sistemas de grabación accedieron, con la dificultad del espacio, pero que, con la maestría de una profesionalidad, se logró grabar escenas que, estamos seguros, van a poner los pelos de punta a los numerosos televidentes, cuando contemplen el programa tranquilos en sus cómodos sofás de casa.

Las cárceles del Matarraña, lejos de lo que muchas personas creen, no fueron medievales, sino que se remontan a los siglos modernos (XVI, XVII y XVIII), coincidiendo con los períodos de mayor virulencia por parte de la Inquisición y de los poderes de una época que vivió nuestro país, cargada de contradicciones y desequilibrios sociales. Mientras que en el resto de España había dos tipos de lugares de castigo: las tenebrosas cárceles de la Inquisición, y las prisiones de Estado, en el Matarraña se desarrolló el sistema penal conocido como del Antiguo Régimen, el cual condensaba los dos métodos anteriores y éste último; consecuencia de ello, es que, dado el aislamiento espacial de la comarca –equidistante entre las ciudades de Tortosa, Alcañiz y Morella- , en las entrañas de las Casas Consistoriales se abrieron estos espacios más próximos al infierno que a la vida misma. Además, como dato a destacar: no existen dos cárceles iguales.

La cárcel de Mazaleón está excavada en la roca viva; es una mazmorra dantesca, de oscuridad absoluta; en la cual el preso perdía la noción del tiempo y del espacio, además de no gozar de libertad de movimiento, al permanecer siempre maniatado a un banco, y sus excrementos los tenía que retirar el carcelero, arrojándolos a través de una letrina, de ladrillo, que aún se conserva; por cuya labor, además de abastecer cada mañana de un miserable plato al preso, cobraba una cantidad a los familiares del mismo. Encima de este espacio, aunque bastante transformada en posteriores obras llevadas a cabo en el interior del Ayuntamiento, se conserva la estancia para presos que gozaban del privilegio de la luz natural; a éstos les debemos los graffiti que se conservan, grabados en la pared, alusivos a armas de fuego, manos humanas, cuchillos, mujeres, barcos, etc.; testimonios de unos momentos oscuros de la historia de esta comarca, realizados a lo largo de los siglos XVIII y XIX.

La cárcel de Fuentespalda se encuentra en el interior de “la Torreta” (uno de los cuatro torreones fuertes que aseguraban el recinto amurallado de la villa medieval), pero que, al igual que el resto de lugares de tortura del Matarraña, también fue una mazmorra de los siglos modernos. En ella, y en sus diferentes pisos, se encarcelaron a personas por diferentes motivos: desde un vulgar ladrón de gallinas, hasta un preso político durante las guerras carlistas. En esta población, gracias a su excepcional emplazamiento en el fondo de un espléndido valle, delimitado por la Cordillera Costero Catalana y el Sistema Ibérico, se desarrolló un denso fluido humano durante los siglos medievales; en el cementerio antiguo, compartiendo el suelo sagrado, se pueden ver estelas discoidales cátaras, al lado de tumbas de templarios, confirmando la armonía que ambos colectivos debieron establecer, que no dudaron en elegir la misma tierra para el descanso eterno; las estelas más estrechas, con símbolos eclesiásticos fueron pulidas –probablemente serían templarias o cátaras- para eliminar las huellas de la historia oculta. Otro elemento digno del mayor interés, en la villa de Fuentespalda, es, sin duda, la talla que se conserva en el salón de sesiones del Ayuntamiento; escultura de singular belleza dedicada a San Miguel Arcángel, uno de los cuatro santos predilectos de los templarios, que domina la escena, elegantemente vestido y uniformado con escudo y lanza, sobre una oca –el ave de los arcanos medievales, tres veces sagrada para el Temple, por su triple condición (aérea, acuática y terrestre)-; los ojos de San Miguel, lejos de condenar al sagrado animal, o herirlo con su arma, comparte con él la escena, confirmando que esta escultura debió de haber sido realizada por un ebanista templario.

Desde Fuentespalda, nos desplazamos a Peñarroya de Tastavins, siguiendo las huellas del dolor –físico y psíquico- patente en el silencio y la absoluta oscuridad de las mazmorras. La zona de presidio de Peñarroya de Tastavins se encuentra en las entrañas de la Casa Consistorial. A primera vista, desde el exterior, el edificio no ofrece el mayor interés, que una sencilla puerta, con una ventana enrejada al lado. Pero, tan pronto como se accede a la primera estancia –habitáculo del carcelero- el único aposento que gozaba del privilegio de la luz, a través del ventanuco, antes citado; esta estancia muestra en sus paredes interiores las señales de haber tenido fogatas para combatir los rigurosos inviernos, y también antorchas para iluminar la oscuridad. Las dos mazmorras interiores son la antesala de una muerte segura; aquí no hacía falta utilizar ningún método de tortura, la humedad, la falta de luz y de oxígeno, favorecían una muerte lenta y agonizante por parte del desdichado que había caído en aquel antro. La mazmorra interior es la más dantesca que hayamos contemplado, fue excavada en la roca viva, y es tan estrecho y asfixiante su acceso, que probablemente ni el carcelero pasaría para llevar algún alimento, o agua, al preso, cuya vida pendía de un hilo. Al pasar por la calle y entrar en la planta superior de este Ayuntamiento, poco podemos imaginarnos de lo que se esconde debajo, a pocos metros de la sala de sesiones. Por otra parte, por mucho que gritaran aquellos desdichados, era absolutamente imposible que se oyesen los lamentos en el exterior.

La siguiente parada fue Ráfales. Villa que fue de templarios, como lo confirman los numerosos motivos que decoran los canecillos de la cornisa superior de la iglesia parroquial, dedicada a Ntra. Sra. de la Asunción, en cuyo interior, y debajo del pavimento, se han encontrado infinidad de enterramientos correspondientes a la iglesia anterior, que muy bien pudo haber sido la templaria; algunas hornacinas próximas al altar mayor, con arco apuntado y restos de pinturas del siglo XIII, así como las borlas de piedra que decoran el arco de la puerta principal, también confirmarían la presencia en esta población de los caballeros del Temple. La cárcel de Ráfales se encuentra en el interior del portal de San Roque, formando parte, por lo tanto, de las construcciones del recinto amurallado medieval, y debajo de una parte del caserón “Casa de l’Hereu”. Se trata de una mazmorra en dos niveles, unidas entre sí con un agujero en el suelo (alzapón), a través del cual se arrojaba al infierno al preso condenado a una muerte por resistencia física y psíquica, sin agua, luz, comida, oxígeno, hasta que llegase su último momento, y compartiendo el espacio con los detritus y demás restos de los anteriores presos que allí encontraron el final de sus días. El Ayuntamiento de Ráfales es también del siglo XVI, cuyas estancias hacen esquina en aquel ángulo de la calle principal que, en su momento, sería el eje de la vida cotidiana de la villa, al estar cubiertas con soportales y la presencia de la lonja, donde se comercializaban alimentos y demás materiales útiles para la vida cotidiana de la población. En las mazmorras de Ráfales se ingresaron a presos políticos durante las guerras carlistas, que en esta comarca fueron bastante sangrientas, por el peso del general Cabrera, que cabalgó a sus anchas por todo el territorio, fijando su cuartel general en las montañas que dominan la villa de Beceite. El último preso fue un republicano, tras la guerra civil.

La siguiente parada fue La Fresneda, población que impresiona tanto de día como de noche; siempre he dicho que su calle mayor es la más fotogénica de las rúas medievales de España, y no han sido pocas las que he tenido el privilegio de contemplar. Deambulando al atardecer bajo ella, a la luz de luces que simulan antorchas, nos introduce por el túnel del tiempo en los siglos medievales, cuando en esta población se respiraba un clima de diálogo y armonía, gracias a los templarios. La presencia de estos caballeros debió de haber sido importante en La Fresneda, porque la población rinde culto al árbol sagrado del Temple: el fresno; además, la iglesia parroquial, aunque la actual no es la original, está dedicada a San Bartolomé y a un mártir (San Felicísimo), cuyo cuerpo se conserva incorrupto en la iglesia; un ventanal exterior, situado sobre el reloj de sol grabado en la pared, por su forma de ‘triskeliom’ (el triskel templario); y el pozo-fuente que se encuentra debajo del jardín de “El Convent”, donde nace un manantial de agua fresca y cristalina, donde debieron llevarse a cabo rituales por parte de los magos templarios; elementos, todos ellos, que confirman el peso del Temple en esta población durante los siglos medievales. Pero aconsejamos que entre en el Ayuntamiento, joya del arte del Renacimiento (s. XVI), marco de numerosas películas de corte histórico y político, entre las cuales: “Las libertarias”; su arquitectura es tan equilibrada que no dudó en hacerse una réplica en el Pueblo Español, de Barcelona, al igual que la fachada de la Casa Consistorial de Valderrobres. La cárcel superior de La Fresneda, instalada en la planta primera del edificio, y a la que se accede desde la sala de ordenadores, junto a la sala de sesiones, estuvo dedicada a los presos eclesiásticos; ni los curas y monjes se libraron de la maléfica sombra de la Inquisición, si éstos, en un momento determinado, habían ayudado a un miembro de las comunidades judías o moriscas de la población. En esta cárcel los presos eclesiásticos tenían el privilegio de la luz natural; durante su cautiverio, estaban alimentados a base de pan duro y agua, y algunos dieron rienda suelta a su inspiración artística, dibujando graffiti en las losas del suelo y también en los muros de las paredes; vemos uno dedicado a San Bartolomé, a cuyo santo templario implorarían ayuda celestial. La cárcel inferior es la más horrenda; parte de la cual se ha destinado a albergar la oficina de turismo local. Este aposento contaba con una sala inicial como vivienda del carcelero, y dentro, en tres niveles superpuestos, un infierno, a donde se ingresaban, sin posibilidad de volver a ver la luz del día, a los presos; quienes llegarían a pedir la muerte a gritos; los excrementos de los reclusos de la estancia intermedia llegaban a los de la mazmorra más inferior, a través de una letrina angular, lo que angustiaría más la corta vida de quien allí estuviese. Pero la Casa Consistorial de La Fresneda debió de haber contado con otras estancias más de castigo; según nos han comentado durante el rodaje de las grabaciones, y hemos visto parte de aquellos antros; probablemente, porque esta población disponía de una numerosa e influyente comunidad judía y también de hispano-musulmanes, los cuales, a medida que iban cayendo en desgracia -en 1492 y 1610, respectivamente-, sus vidas valían cada vez menos ante el peso de las leyes impuestas por la Inquisición.