Cada noche, tras meterme mi madre en la cama, mi abuelo venía a contarme viejas historias del mar, historias que formaban parte de su vida y que intentaban hacerse un hueco en la mía.
Sus palabras eran capaces de traerme el olor a sal, de pulir en mis manos las tristes redes, de palpar en mi rostro los bocados del sol e incluso de vivir la sed angustiosa del náufrago.
A veces repetía la misma aventura. Yo no le decía nada, me gustaba volver a escucharla. Cuando se hacía demasiado tarde, me besaba en la frente, se levantaba y se dirigía hacia el cristal. Después echaba su aliento hasta perfilar el vaho que daría aposento al barco que dibujaba con su dedo. Se giraba hacia mí, y me decía: ahora te toca a ti, sube a tu barco, sube y haz el mejor de los viajes.
El mar Mediterráneo se convertía en el tapiz de mis sueños. Surcaba islas perfiladas por un sol inmenso y las redes sacaban presas de las vísceras del agua. Sobrevivía a inmensas tormentas que terminaban con la voz de mi madre reclamando mi despertar y hasta fui capaz de visitar puertos inventados de ciudades inventadas.
Al despertar, lo primero que miraba era aquella silueta del barco que mi abuelo había dejado marcada en el cristal. El destino era un abrir de ojos, un despertar y el siguiente puerto no era más que un pupitre mirando a la pizarra.
Recuerdo con especial cariño aquella noche en la que fui capaz de escuchar la voz de mi abuelo mientras dos delfines imaginarios nos acompañaban junto a las costas italianas. Las bodegas, repletas de atunes hacían presagiar un alegre regreso tras estar en la mar durante tantos días. Llegué con él a Nápoles, donde el viejo volcán había escrito en la tierra ennegrecida el poder de la naturaleza. Acompañé a mi abuelo por las calles de la antigua ciudad donde el desorden era el orden más preciado y el aroma a
exóticas especies traídas de Oriente, un recuerdo dulce como de canela. No busqué junto a él, sino que esperé que los pasos nos entregaran sus mercancías.
En un puesto del mercado, junto a un tendero que ofrecía frutas y una joven que vanagloriaba su pescado, mi abuelo se paró a mirar los extraños objetos que vendía un hombre con turbante.
Allí encontró un caja de madera de Estambul, que según el vendedor había pertenecido a Pandora y guardaba los vientos que dictaban al mar. Encontró una vasija que venía del mismísimo palacio del dios Neptuno, y hasta le ofrecieron una estrella de mar que el tiempo había envuelto en piedra de fósil, objeto que no dudó en adquirir a muy buen precio.
Cuando terminó aquel viaje, la estrella de mar fue el regalo que le hizo a mi abuela, que le esperaba con mi madre en sus brazos, recién nacida. Fue por ello que le pusieron de nombre Estrella.
Recuerdo cómo mi abuelo me besó en la frente, y como si de un ritual se tratara, se dirigió a la ventana, echó su aliento y volvió a dibujar con su dedo un barco sobre la silueta del que había creado el día anterior. Después me dijo: aquí está, ya puedes comenzar el mejor de los viajes.
A la mañana siguiente nadie me despertó. Me levanté y me dirigí a la cocina. Mi madre lloraba junto a mi padre hasta que se dio cuenta de mi presencia.
Sin comprender, con el deseo de poder solucionar con mis abrazos todo lo que allí pasaba, pregunté por qué le pasaba. Tras guardar silencio y mirar a mi padre me hizo sentar sobre sus piernas entre su voz cálida y la mirada más brillante que jamás me ha observado, me dijo que el abuelo se había ido a hacer el último de los viajes.
Me enfadé, me enfade mucho con mi abuelo. Había sido incapaz de decírmelo, de preguntarme al menos si quería acompañarle. No lo comprendí. Me fui llorando a mi habitación a mirar el cristal de la ventana. Allí permanecía el barco que había dibujado. Pasé mil veces el dedo por él, y sólo, al darme la vuelta, observé sobre la mesilla una pequeña caja.
Me acerqué a ella, la rocé y tras pensarlo un poco, decidí abrirla.
Una estrella de mar de piedra esperaba en el interior sobre una fina lámina de terciopelo azul. La cogí en mis manos y me dirigí de nuevo a la ventana.
Y ahora que han pasado cincuenta años me encuentro en el mismo lugar, mirando a través de la ventana, dibujando barcos sobre barcos y rozando con mis dedos aquel fósil que nunca creyó tener tanta vida. Así paso muchos ratos, como si escuchara la voz de mi abuelo, imaginando lo pequeño que soy y lo feliz que a veces me siento estando a solas en éste rincón que se ha convertido en mi propio puerto.
J.M. Soriano Degracia